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Comenzar diciendo que creo que es una mezcla explosiva digna del mecanismo de una bomba, combinar en las tardes de una vida clases particulares, oposiciones, gimnasio y encima querer vivir. Muchos pensarán que es tirarme piedras sobre el tejado, pero la mayoría de los que me conocen saben que no soy partidaria de las clases particulares. Unos están más de acuerdo conmigo, otros lo están menos. Pero quiero señalar que hablo desde la voz de la experiencia. Desde que acabara la carrera (e incluso antes, ¿dónde quedarán esos veranos?) en aquel remoto año 2006 he impartido este tipo de enseñanza, de una manera u otra. Y creánme, han pasado por mis manos los casos más pintorescos y pienso, a veces, en haberlos juntado a todos y he aquí otra fórmula para crear una bomba. Algo parecido me sucedió en la academia privada en la que trabajé el año pasado. Allí, en una misma clase, alumnos de todos los tamaños y colores, una chavala de 2º de primaria con déficit de atención (para terminar de rematar) con un chico rebelde sin causa, pero no tan guapo como James Dean, de 1º de bachillerato, con mis aplicadas "niñas" que se preparaban el examen de acceso a los grados formativos de grado superior. ¿Lo único bueno de eso? que muy entre comillas impartía mi materia: lengua castellana y literatura, con todo lo que esto implica(historia, latín, historia del arte...) englobado bajo el nombre de "humanidades". ¿Qué por qué digo esto? porque lo que menos he enseñado en mis "particulares clases" ha sido lengua y literatura. Desde plástica a música, llegando al hueso duro de roer, al menos para mí, de las matemáticas. Y, haciendo esto, me siento una traidora, traiciono a mis compañeros que pasaron años estudiando inglés o biología, entre otras carreras varias. ¿Qué autoridad tengo yo para explicar que es un aparato reproductor o tocar con la flauta una melodía en clave de FA?(si es que eso existe). Más de una vez he aprendido con mis alumnos y tampoco es rara la ocasión en la que me han dicho: "No, Nieves, esto es así o por lo menos es lo que me han dicho en el insti" y bajo una leve sonrisa escondes el "¿por qué narices tendré yo que estar haciendo esto?. Encima de la cantidad irrisoria que me pagan y teniendo que aguantar que cuando el niño de su padre o la niña de su madre suspende, lo haces tú con él.Como si tú te sentaras en el asiento de al lado chivándole las respuestas. A veces, me gustaría gritarles a esos progenitores encantados por sus vástagos: " Soy profesora, no el genio de la lámpara, ojalá...y sí, su hijo ayer a las 4 de la tarde, cuando yo debía estar estudiando y no haciendo el gilipoyas, permítame el atrevimiento,se sabía de pe a pa los Derechos Humanos, ¿qué culpa tengo yo de que al llegar al examen no tuviera ni idea y la poca que tenía la escribiera con faltas de ortografía?. Pero es silencio lo que hay todas las tardes y alegría de vez en cuando (muy de vez en cuando) si te llaman por teléfono para decirte que han sacado un suficiente en inglés, porque eso es motivo de alegría para ellos. Si les dices que tienen que aspirar a un sobresaliente, te miran como diciendo ¿eso qué es? y les preguntas, ingenua de ti, si no hay nadie en su clase que saque ese tipo de notas y te contestan "Sí, la que se sienta en la última fila, la rara de la clase". Y dicho esto, yo soy la que todas las tardes me visto con el traje de paciencia y voy a dar clases porque es lo más parecido a mi trabajo que tengo, y con más o menos fortuna, resuelvo problemas, canto canciones, explico la diferencia entre prejuicio y perjuicio (esperando enterarme yo también). Soy yo la que guarda un grato recuerdo de todos y cada uno de sus alumnos, algunos con edad de ser amigos, otros que tiran de la manga de su madre y dicen "Mira, es Nieves". Pero, me pregunto, al igual que me preguntaba al intentar escoger mi camino profesional, si merece la pena ser profesora (aunque sea particular) para que sólo uno de mis alumnos o una sola de las tardes, estos aprendan algo. Evidentemente mi respuesta es afirmativa, ¿qué si no?
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